martes, 9 de enero de 2007

10 de enero, con espejo y sol


Para quien me ha enseñado a vivir más un presente
distinto; me regaló los colores y besos
con sal y sólo imagina lo que mi corazón ya sabe.


“Desde aquí, desde mi casa
veo la playa vacía
ya lo estaba hace unos días
y ahora está llena de lluvia”
Iván Ferreiro



Ella tocó el espejo con la punta de los dedos hasta que la imagen se disipó a través del vaho. Miró los colores que iban resbalando por las paredes y repasó las lecciones que iba recitando de camino a un colegio que alguien, tal vez ella misma, dejó impreso en un cuento cualquiera.
Sabía que ese 10 de enero el tiempo se había anclado un poco más en la comisura de sus labios. Desde hacía unos días se levantaba cada mañana mirando sus manos abiertas, sintiendo el peso del aire en su pecho descubierto. Su sombra le había escrito un telegrama prometiéndole amor eterno, citándola para recuperarse una tarde anónima.
Desde el mar se veían las casa desiertas, el mundo sacudido por su risa, y las sonrisas de quienes se disputaban un abrazo. Y los colores crecían por las aristas de las playas con código postal.
Las cifras eran un juego de malabares que serpeaban por los pinceles que descansaban en el silencio de sus besos.
En la cocina un trozo de pastel esperaba con la lumbre prendida en el cenit de un momento. Las palabras se balanceaban más allá de sus piernas erguidas, de su vientre perfecto, de sus labios que perfilan el aire que sobrepasa los instintos.

2 comentarios:

Microalgo dijo...

Pues buen Enero y once siguientes, mi Señora. Que no cese la sal en los besos, a no ser que sea substituída por azúcar (que diría Galeano).

NáN dijo...

Me gusta Iván Ferreiro y me gustas tú. (y Malasaña, claro, donde vivo).

De la foto, te diré que desde el primer momento estoy viendo arriba de la torre al gordo de Buck Mulligan afeitándose. El efecto se pierde cuando la amplío.

También te puedo hablar de la suerte que tenemos los que hemos encontrado este camino para leer, muy de tarde en (más) tarde, lo que escribes.

O decirte que, por esas palabras que leemos, cabe pensar en la suerte todavía mayor de quien te enseñó a vivir más un presente distinto. Que seguro que se la merece (y yo se la deseo).