sábado, 24 de febrero de 2007

LA LEVEDAD O LOS AMORES PERROS



Teresa ya no vive más tiempo con Tomás y Karenin sonríe melancólico desde algún rincón del alma.
Todos creemos, pensamos (si llegamos a eso), que la poesía es el género que resulta más difícil al lector, porque la carga connotativa es enorme. Lo cierto es que la grandeza de la poesía radica precisamente en esa carga connotativa. Un poema tiene tantas lecturas como lectores. Pero, no siempre resulta real esta identificación. Un clarísimo ejemplo es La insoportable levedad del ser del escritor checo Milan Kundera.
Uno cree que sabe por qué Teresa aguanta a Tomás: porque es tonta, irremediablemente tonta. Pero, la verdad es que toda la novela es un planteamiento extremo de cómo pasamos por la vida.
“Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.” Y, realmente, ésa es la trama de toda la obra. Los errores que nos hacen humanos, los amores que vamos viviendo, los que perdimos, los celos, los odios, las dudas, los miedos... Una trama con un supuesto poético en el que se dan los tres grandes ejes de la Literatura Universal de todos los siglos: el amor, la muerte, el paso del tiempo.
A través de los ojos de Teresa, la protagonista, en un primer plano que acorta las distancias, percibimos la vida a través de todo el peso: “Cuánto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.” En cambio, a través de Sabina, la segunda mujer de la novela la existencia conlleva la levedad, lo que Kundera denomina: “la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire (...) que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.”
Claro, que esta visión es la que podemos extraer eludiendo por completo a Parménides que sostiene que la carga sería lo negativo y la levedad, lo positivo. Como en poesía, es una cuestión más de lector que de lectura. Si ustedes se identifican más con Teresa o con Sabina.
No podemos olvidar tampoco la figura masculina, antítesis del ego de las mujeres que van trazando líneas paralelas entre sus vidas y la realidad circundante. Tomás no pasa de ser un ser con miedo al compromiso, a la anulación individual por un sentimiento compartido. El amor se va colando en sus ojos, pero se resiste a declararlo en voz alta porque presiente que la verbalización supondría la consumación. Es decir, su comportamiento es como el de Sabina, el de la visión parcial y sectarea de un sentimiento que le lleva a huir de todo cuanto pueda conllevar un mínimo esfuerzo en una vida programada de antemano con la meticulosidad del cirujano que es.
El juego de espejos para reforzar o dinamitar una idea primigenia, conduce a Kundera a establecer conexiones lejanas entre personajes de la novela. Es decir, si Tomás es el reflejo de Sabina, al menos en cuanto a su forma de vivir, Franz lo es de Teresa, aunque ésta vive de una forma más atormentada.
Entre todos ellos, Karenin. Como dice Kundera: “Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora.” O no surgir y el mundo seguiría girando hasta el final de sus días. Es lo que pasa con las metáforas que no son más que una extensión de la realidad, una comparación sin el “como”, y, cuando menos te lo esperas, ¡zás! te han complicado la vida, ¿o no?
La complejidad de la poesía es que no se da una historia cerrada, sino que uno va construyendo el universo narrado con fragmentos de sus ojos, de las manos que determinan hacia dónde queda el futuro.
En cambio, la narrativa da un proceso cerrado. Es decir, nos pone en antecedentes, nos dispone un sendero y, ¡ay de aquel!, que pretenda transitarlo de otra forma. Si nos cuentan que Margarita (gracias Stefano Beni por el ejemplo) se asoma a la ventana, no podemos pensar que Margarita se ha comido una vaca, sino sólo y exclusivamente que se ha asomado a la ventana. Vaya, eso en el caso de que no estemos diagnosticados por algún psiquiatra de un desequilibrio mental grave. En cambio, en poesía, si cuentan exactamente lo mismo, podemos inferir que la ventana es el alma, o los ojos de la persona amada, o...
Pero, en el caso de la novela de Kundera el límite no está tan claro. Nos habla de la insoportable levedad del ser. Por lo tanto, el tema ya es una clave para pensar que el pulso narrativo será extraordinario. No nos cuenta, el escritor checo, los amores de Sabina o, la única vez que Teresa le es infiel a Tomás, sino que se perfila en el alma de todos ellos a través de sus movimientos, de la levedad o la gravedad: “(...) para Beethoven el peso era evidentemente algo positivo: (...) una decisión de peso, va unida a la voz del Destino (...); el peso, la necesidad y el valor son tres conceptos internamente unidos: sólo aquello que es necesario, tiene peso; sólo aquello que tiene peso, vale”.
La debilidad y el vértigo se convierten en necesidades perentorias, como el amor, en formas de disuadir la perplejidad que produce el aburrimiento, la “alegre solidaridad de los imbéciles”, que nos lleva a perpetrar los más increíbles actos de suicidio intelectual. Es lícito e incluso plausible que el ser sea matizado a través de un texto narrativo en clave poética (si sólo puede ser la poesía la que connote y no sólo denote).
“Uno se percata de su debilidad y no quiere luchar contra ella, sino entregarse. (...) El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.” Y es que uno no elige cuándo muere, pero sí cómo. Puede sucedernos un día, una noche cualquiera, pero podemos elegir la sonrisa de Karenin, la amarga ruina de Sabina, la tremenda obstinación de Teresa, o la supina estupidez de Franz o Tomás. No hay hilo argumental previsto para nuestra vida, puede aparecer, quién sabe, en una metáfora, la persona amada. “Uno puede traicionar a los padres, al marido, al amor, a la patria, pero cuando ya no hay padres, ni marido, ni amor, ni patria, ¿qué queda por traicionar?”.

11 comentarios:

Paralelo 49 dijo...

Cuando ya no hay padres, ni marido, ni amor, ni patria sólo queda esperar no traicionarnos a nosotros mismos, (que también se da).

NáN dijo...

Respuesta tentativa a la última pregunta: a los amados. Que no son el amor. Que no son los amantes. Son la transposición de los "amigos" a una vida adulta, más plena y consciente. Son "los que amas" porque la vida les ha puesto cerca y has visto sus destellos. Pero les amas como amigo. Sin nada que obligue; porque sí; porque apetece. Por tanto no hay posibilidad de traición. Salvo la desaparición. Que no parece afectar demencialmente a nuestra vida, pero una noche en la que estás tranquilo en una barra en penumbra te preguntas "¿Por qué?" y "¿Cómo"?, que es la pregunta adecuada, pero equivocada para tu vida. Y los huecos son como galerías que se pueden derrumbar en cualquier momento, creando males inapelables. Y todos acabamos por esfumarnos.

¡Vaya artículo! Vas tocando las esencias de una en una. Quien lo abordara medio distraído, tomando una tostada en una cafetería, se debió quedar patidifuso. Y todo cosidito con la experiencia vital, como debe ser.

Ah! Los lectores entusiastas de Cortázar nos pirramos sin duda por Sabina; y a andar ligeros y desustanciados.

Ah! Yo me quedo mirando por esa ventana y me invento historias: por eso tengo que volver a releer.

Ah! Precisamente lo que dices de que vivir una vida es como no vivir en absoluto es una de las esquinas maestras de la sensación de pérdida.

Lo irremediable del tercer Ah! (cada exclamación, una lágrima perla) me deja echo polvo.

¡Buena semana, prima!

Anónimo dijo...

Tremendos comentarios. Coincido con Paralelo. Siempre nos hacemos pequeñas traiciones a nosotros mismos, pero no debe pasar de ahí la cosa. Cuando uno se traiciona grandemente, sí que ya no queda casi nada, porque la redención desde allá es dura.

Pese a todo, sigo pensando que Teresa tiene un puntillo idiota por no mandar a Tomás a la basura (ella sabrá), y que él es un cabronazo con pintas que antepone el placer propio al dolor de la persona que dice amar. Que le den.

Microalgo dijo...

(El comentario anterior es mío, es que se ha escapado).

Anónimo dijo...

¡Muy bien, Microalgo!

No hay que fiarse de los que no dan la cara.

Paralelo 49 dijo...

Carmen,
Carmen,

contamíname

Lara dijo...

Años después de la lectura de ese libro, y apenas una hora después de un paseo por las piedras, tu reflexión se convierte en mi reflexión y yo te doy las gracias.

Anónimo dijo...

Traición.. quién no se traicionó alguna vez? o traicionó a alguien?

Carmen, ya sabes mi niña que se te quiere

Menchu

Anónimo dijo...

Carmen. Estoy totalmente de acuerdo contigo.
No sé si la realidad supera a la fantasía.
Cuando alguien te dice no irás a escribir sobre la historia de la familia y se le contesta que nuestra familia no tiene historias relevantes para un lector, caes en la cuenta de lo anterior.
Quizás; a la vuelta de una esquina o tras una puerta, sólos o en reunión; todos tengamos amores perros en los que el hombre no tiene valor suficiente para reconocer lo que es obvio a los ojos de, sobre todo, las mujeres. ¡Que observadora! Bueno, a lo mejor algún día gritamos juntos ¡muerte al pragmatismo!

carmen moreno dijo...

Si quieres lo gritamos ya: MUERTE AL PRAGMATISMO!!!

Anónimo dijo...

No estoy arrepentido de lo que escribí. Quizás fué un déjà vu de un viaje al futuro imperfecto.

¡Vaya recorrido que estoy haciendo hoy!