jueves, 14 de febrero de 2008

DUÉRMETE MI NIÑA

PARA NUNUARIA Y PETER

Hace mucho tiempo, en un lugar más bien tirando a feo, vivía una mujer que era amiga de ésta que escribe.

La mujer se llamaba María y siempre fue un poco dejada para eso de mantener amistades. Un día la llamé para saber qué tal estaba. La conocí en el instituto, era mi tutora y profesora de Literatura (me enseñó a Góngora y contar versos y me regaló el primer libro de Cortázar que leí: Historias de Famas y Cronopios) y su vida, por aquel entonces, había cambiado bastante.

Llegó desde Salamanca, huyendo de una vida que la asfixiaba. En clase, si le mirabas a los ojos, descubrías dos cosas: la soledad que siempre la acompañaba y el amor por los libros.

Yo pasaba el tiempo entre clase y clase mirando por la ventana o leyendo, sentada en mi mesa con los pies apoyados en las sillas (no contaré cómo llegaban siempre mis vaqueros a casa). En uno de esos ratos la vi bajarse del coche de otro profesor dando un portazo y gritando: "¡Déjame, no me sigas!".

Decía que había pedido como destino Cádiz por la luz (hace poco otra mujer me habló de la luz de Cádiz), pero ella seguía estando tan en sombras...

Aquel día, en el que la llamé, lo hice como otras tantas veces para saber cómo estaba. Sabía que se había ido embarazada (no se asusten, no es el aire) y que no entraba en sus planes. Creo que yo ahora tengo la edad que tenía ella cuando la conocí.

- Dígame -sonó su voz al otro lado del teléfono, dulce e insegura como siempre.
- Hola, María, ¿qué tal va todo?
- Bien, bien. Un poco liada, pero...

De fondo se oía el llanto de un niño, de una niña mejor dicho. Y perdí la voz de María durante unos segundos, para regresar como una ondulación cálida del aire:

-Duérmete, mi niña. Duérmete, mi niña.

Aquel día, no me pregunten por qué, me di cuenta de que no necesitaba que yo la llamara nunca más. Supe que su soledad se había esfumado entre sollozos y besos; que la vida para ella era una mirada casi diminuta; unos dedos imperceptibles.

Duérmete, mi niña...

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Son tantos los pequeños detalles que llenan la vida.


Imperceptibles y felices días de beso(s) para ti que raptas bellas historias de carnes y pieles contraídas.

Microalgo dijo...

Me cuentan los que los tienen, que cuando nace un niño dejas de sentir la soledad... para pasar a echarla un poco de menos.

No hay nirvana en este mundo, Oceánica Dama.

Virginia Barbancho dijo...

Eso me dicen tambien a mi de tener hijos... qué miedo...

carmen moreno dijo...

Lo de ser madre/padre debe ser la experiencia más bonita y aterradora de todas.

NáN dijo...

Una buena historia.

Para mí, tener un hijo significó los años de más aburrimiento de mi vida. Y no me arrepiento, claro: después, desde la adolescencia y su vida social, ha sido el banderín de enganche a la vida frenética que me gusta.

Simplemente, fui estúpido por creer que tenía que ser "responsable". Y tampoco era necesario que él ejerciera de banderín de enganche.

Conclusión: son una vida que se hace cada vez más autónoma, aunque es cierto que no lo es al principio, por lo que hay que saber en qué te metes. Y los males que nos acarrean se deben a nuestra propia estupidez.

¡A ver quién es el listo que se mete en ello!

Volviendo a la historia: me parece aterrador cómo parece que esa mujer mandó su vida a tomar viento (y ningún sitio con más vientos que Cádiz para hacerlo, ¿no?).

¿Quién fue el que dijo lo de "vendrán más años malos y nos volverán más tontos"?

carmen moreno dijo...

Ja,ja,ja. No sé quién dijo esa frase, Primo, pero me parece soberbia. Yo creo que no eligió Cádiz, llegó ya habiendo mandado su vida a tomar viento. Eso es seguro. Venía huyendo. Bueno, terminó de huir con su hija.

Hace tres años me dijeron que la habían visto. Ya no era la misma.

nunuaria dijo...

Hace mucho tiempo…
érase una vez…
así comenzaban los cuentos que me contaban de niña.

“Decía que había pedido como destino Cádiz por la luz (hace
poco otra mujer me habló de la luz de Cádiz), pero ella seguía
estando tan en sombras…"
Triste, pero tan posible.

Y al otro lado del teléfono, la sorpresa: “-Duérmete, mi niña. Duérmete, mi niña.” y “Supe que su soledad se había esfumado entre sollozos y besos; que la vida para ella era una mirada casi diminuta; unos dedos imperceptibles.”

¡Qué bonita historia, Carmen!
Gracias.